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Sabanilla

Cómo era el más universal de los cubanos (2)

Cómo era el más universal de los cubanos (2)

-Ese era José Martí, el hombre cuya vida fue agonía y sufrimiento, pensamiento y acción por la causa sagrada de la libertad de Cuba, y a sus ideas debemos el liderazgo de Fidel Castro por la Revolución de todos y el bien de todos del propio Martí, hasta consolidar el socialismo como sistema único para conquistar toda la justicia, a que el Apóstol aspiró hasta su ,muerte en combate contra el colonialismo español,. El 19 de mayo de 1895.

 

Inquieto y nervioso, Martí era de rápido andar. En Nueva York, subía las escaleras de su oficina en Front Street y las de los ferrocarriles elevados casi corriendo. Sin duda, la mejor descripción general de su persona y carácter es la que hiciera Enrique Collazo, como sigue:

 

"Era pequeño de cuerpo, delgado; tenía en su ser encarnado el movimiento; grande y y vario su talento, veía pronto y alcanzaba mucho su cerebro; fino por temperamento, luchador inteligente y tenaz que había viajado mucho, conocía el mundo y sus hombres; siendo excesivamente irascible y absolutista, dominaba siempre su carácter, convirtiéndose en un hombre amable, cariñoso, atento, dispuesto siempre a sufrir por los demás; apoyo del débil, maestro del ignorante, protector y padre cariñoso de los que sufrían; aristócrata por sus gustos, hábitos y costumbres, llevó su democracia hasta el límite

 

Era muy nervioso, un hombre ardilla; quería andar tan de prisa como su pensamiento, lo que no era posible. Subía y bajaba las escaleras, como quien no tiene pulmones. Vivía errante, sin casa, sin baúl y sin ropas; dormía en el hotel más cercano de donde le cogía la noche o el sueño; comía donde fuera mejor y más barato, ordenaba una comida admirablemente y sin embargo comía poco; días enteros se pasaba con vino Mariani; quería agradar a todos y tenía la manía de hacer conversiones, así es que no le faltaban desengaños.

 

 Era un hombre de un gran corazón, que necesitaba un rincón donde querer y ser querido. Tratándole es le cobraba cariño a pesar de ser extraordinariamente absorvente.

 

José Martí, en efecto, con ser respetuoso de las opiniones de los demás, estaba convencido de sus doctrinas e ideales, defendiéndolos con calor y apasionamiento. No cejaba en la ruta que se había impuesto y sabía mantener sus convicciones con tesonero, valiente y hasta arrogante gesto. Lo probó frente a la España colonial, en el presidio político, en el mismo Madrid, en todos los momentos, cuando la famosa entrevista con Máximo Gómez y Antonio Maceo, en Nueva York, en 1884, al negarse altivamente a unirse a los planes bélicos de los dos grandes soldados de la guerra del 68, por entender que ellos pretendían convertir a Cuba en "un campamento"; y, por último, en la borrascosa conferencia con el propio Maceo en La Mejorana, y en muchas ocasiones más.

 

De su valor personal, del cual nunca hizo jactanciosa gala, nos ha referido varias interesantes anécdotas el patriota Alberto Plochet, siendo una de las más reveladoras un incidente con Antonio Zambrana en una magna asamblea en Tammany Hall, en Nueva York. Zamabrana criticó a Martí duramente por no apoyar el plan de Gómez-Maceo, y acabó por acusar a los que no secundaron el movimiento de miedosos y merecedores de usar sayas en vez de pantalones. Martí, con el bombím fuertemente agarrado entre las manos, pidió airado la palabra.

 

Al concedérsele, habló poco, muy poco, pero terminó, mirando fíjamente, a su denostador; "Y tenga usted entendido que no solamente no puedo usar sayas, sino que soy tan hombre que no quepo en los calzones que llevo puestos". Zambrana se avalanzó sobre Martí, quien sin moverse, añadió:" Y esto que le digo se lo puedo probar cómo y cuándo guste, y si es ahaora mismo mejor". La rápida intervención de Maceo y Crombet, que estaban presentes, evitó que Martí agrediera a Zambra.

 

En éste como en otros casos Martí actuó sin jactancia, pero él, pese a que nos lo quieren pintar algunos, con gran perjuicio por cierto para su figura, como manso y humilde, sabía responder a cuanto agravio, directo o velado, se le hacía. Ejemplo elocuente de ello es el final de su serena respuesta a la ofensiva carta que le mandara Enrique Collazo y en la que le dice, en reto, que "no habrá que esperar la manigua, señor Collazo, para darnos las manos, sino que tendré vivo placer en recibir de usted una visita inmediata, en el plazo y país que a usted le parezcan conveniente".

 

Por mediación de prominentes emigrados de Tampa y Cayo Hueso el duelo no llegó a efectuarse, y años después el propio Collazo fue el primero, como ya hemos visto, en reconocer la injusticia de sus acusaciones contra Martí.

 

(Tomado de… Martí, Obras Completas, Tomo 27, Guía, pp.215/116)

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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