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Sabanilla

Las memorias de Píelo y Socarras

 

Por Ulises Espinosa Núñez

 

 

La vida laboral del viejo Socarras había sido siempre la misma: zapatero remendón. Su lugar de clavetear era una esquina de la sala de su añeja vivienda, la cual hacía esquina exacta con una de la manzana del barrio; tenía allí también el rincón de los cueros, tacones y las suelas viejas y alguna que otra recortería; su cajón de bigornia, puntillas, pinzas, martillos y la tabla de pasar la chaveta.

Socarras era de una barriga cuyo volumen extraordinario se lo había provocado con el tiempo el oficio. Sobre su rústico y desajustado taburete aquel hombre humilde había visto pasar una década tras otra y nada cambiaba para él, no importaba quien fuera el nuevo presidente de la República, ni las promesas que hicieran; nada cambiaba.

Zapatero y viejo mascador de tabaco negro, tenía la nada agradable maña de tirar sus turbios escupitajos para la misma esquina de aquel rincón, donde parecía nunca se tiraba un poco de agua para sanear el ambiente.

Poco le proporcionaba el clava, clava, para llenar la barriga de su prole numerosa. Excepcionalmente, en días de Nochebuena el viejo Socarrás
exprimía sus escasas posibilidades para mejorar la mesa de su casa el 24 de diciembre.

En la esquina anterior a la del zapatero vivía la Familia Gutiérrez, propietaria de una bodega y también de una perrita que tenía su “cama unipersonal” para dormir sobre un colchón que ni siquiera soñaban los hijos del zapatero.

Cierto día, de aquel luctuoso año 1958, por la cantidad enorme de gente que asesinaba la tiranía de Fulgencio Batista, la señora Gutiérrez se fue a la carnicería de enfrente, propiedad del campeón mundial de floreo de lazo, Jorge Barrameda, y compró varias libras de carne, las cuales dejaría a su perrita para que se alimentara, mientras la familia viajaba en ida y vuelta a Gibara, en el extremo noreste de la provincia de Holguín.

Eran tiempos del capitalismo despiadado que la dictadura de Fulgencio Batista había reanimado después de su madrugonazo del 10 de marzo de 1952, y por supuesto la Revolución Cubana no había triunfado; por eso luego de aquella compra insólita para una perra, a la misma carnicería llegó poco después Socarras con unos centavos, para comprar una costillas con- qué hacerle una sopa a sus hijos y esposa, además de que le pidió regalados unos huesos blancos al carnicero.

¡Cosas del pasado, gente con vida de perros, y perros con vida de gente! Así me lo contaría muchos años después Píelo, un amigo del barrio Marabú, de donde éramos todos los de esta historia, y lo contaría porque a veces algunas personas pierden la memoria cuando la suerte le ha sonreído, y era lógico que recordara aquella escena amarga, deprimente, de carne para una perra y huesos blancos para unos niños.

El tiempo transcurrió, la Revolución había triunfado en 1959, y Socarras, si bien no dejó de ser zapatero, al menos ya no vivía con la miseria de antes. Pronto hubo trabajo para todos, aumentaron los salarios y el remendón subió el precio de sus arreglos. Llegaron los días prósperos y la mesa y el fogón se curaron de aquellos largos, consecutivos y lastimosos bostezos.

Los días de glorias llegaron y el zapatero ya podía olvidar, perder la memoria, negarse a sí mismo, fanfarronear, ostentar, desclasarse, escupir veneno, negar los cambios políticos y sociales de dignificación humana cuando la Revolución y el Estado le aseguraban a bajos precios la canasta básica, incluso con la carne que una vez no podía comprar.

Un día, allá por la década del 70, Socarras volvió a la misma carnicería del barrió y compró la carne que ahora había para todos, y por la noche se fue de tertulia nocturna a la esquina de Barrameda, donde se comentaba de todo, y en particular por aquella crisis irrepetible que vivió el pueblo cubano, y el zapatero quiso sintetizar en sus palabras la gravedad de la situación: “¡Dígame usted, lo que son las cosas de la vida, yo con 400 pesos en el bolsillo y no tengo en qué gastarlos!”

Era verdad no había nada que comprar, pero el zapatero se equivocaba, porque a pesar de la crisis, él y su familia tenían asegurada y a precio solidario, la canasta básica que el Estado subsidiaba, incluso todavía hoy es así, algo que él no alcanzaba a ver, y como tenía mucho dinero, se creía en el derecho de cuestionar a la Revolución.

Pero menuda sorpresa se llevó el viejo, porque allí bajo la débil luz de un bombillo del alumbrado público, Píelo atajaría a Socarras para refrescarle la memoria y le contó esta historia que mudo dejó a aquel pobre diablo, quien ya no pudo decir nada más, y optó por enmudecer, y retirarse luego arguyendo una diligencia que no tenía, al no poder tapar el sol con un dedo, porque él en el capitalismo y como zapatero, tenía dinero sólo para huesos, cuando una vecina suya compraba carne para su perrita. Por eso es que a veces es válido recordarles a algunas personas que con las glorias se olvidan las memorias, y eso le ocurrió a Socarras.

 

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